Una estación de tren del siglo pasado, llena de glamour con olor a historia, ahí me encontraba yo.
A lo lejos se empieza a oír el traqueteo de los vagones y el olor a carbón inunda mi ser.
Sin ni si quiera saber a dónde se dirije ese tren, yo sentía que debía subir. Mis pies no lo dudaron ni un segundo, se encaminaron hacia este, sin dejarle a mi cabeza examinar la situación.
Una vez dentro no era necesario ver para sentir la perfección que albergaba por todos los rincones, solo era necesario el olfato para impregnarse de ese olor tan peculiar pero agradable y el tacto para saber lo majestuoso que era. Un tren digno de la alta jerarquía.
En uno de los vagones había una mesa de ajedrez, cada pieza estaba marcada por una letra del abecedario, repitiéndose algunas.
De la nada apareció un apuesto joven. Con un simple gesto me invitó a una partida. Tras varios movimientos, me obligó a mover a mi reina. En un par de movimientos, hizo Jaque Mate.
Le pregunté como se llamaba pero no me contestó, en su lugar comenzó a tumbar las piezas que quedaban sobre el tablero. Al principio no entendía la situación pero poco a poco las piezas me descifraron mi futuro más proximo: Descarrilar.
Justo al terminar de leer la última letra, senti como el olor a vapor ya no era el mismo y que los vagones comenzaban a girar sobre si mismos.
Todos los días vuelvo a la misma estación para subir al mismo tren, intentando que en el tablero quede otra palabra.